El centenar de carreras que llevamos correanimadas por el mundo nos ha dejado unas cuantas anécdotas que nos hacen sonreír cada vez que las recordamos. Os dejamos aquí algunas sobre lo bien que nos lo pasamos correanimando.
Animamos a cariño y a quien haga falta
Correanimamos de oficio a corredores y corredoras y muchas veces gritamos el nombre que aparece en su dorsal, salvo que nos lo impida la presbicia o si estamos en el extranjero y no logramos descifrar el nombre del dorsal. Como en el de Hamburgo, donde al final decidimos animar a todos al grito de ¡Paco, Paco!
A veces alguien nos pide que animemos a su corredor o corredora, y lo hacemos tras preguntarle cómo se llama. Otras veces coreamos el nombre que oímos a nuestro lado -hemos llegado a gritar “¡cariño!”-, o el del país si lo llevan escrito en la camiseta. Y a atletas con camisetas del Ejército les hemos dedicado un “¡ese cuerpoooo!”
Piropos devueltos
Habitualmente, los corredores agradecen nuestros ánimos con una sonrisa o levantando el pulgar. En alguna ocasión también nos han dedicado piropos, como “qué guapos sois” o “el mejor grupo”, aunque en muchas carreras nos identifican como “el grupo de Fernando”, el nombre que no paramos de gritar en cuanto vemos que se acerca.
Cuando correanimamos en el extranjero llevamos la bandera de España para que nos reconozcan los paisanos, como nos pasó en el maratón de Viena, donde nos encontramos con otro valenciano como nosotros y se ha convertido ya en tradición desde entonces correanimarle en cada maratón de València.
En algún país nos han gritado “¡España!” al ver la bandera, y hay extranjeros que se esfuerzan en decir algo más en nuestra lengua, como un atleta vienés que nos regaló un: “solo sé decir en español: corre más rápido”.

La fama
Cuando ven cómo animamos a nuestros corredores hay quienes se preguntan si es que serán famosos. En el maratón de Zaragoza, a la correhermana le dijeron si es que era concursante de ‘Gran Hermano’ (¿perdón?).
Al acabar el maratón de Roma, dos chicos nos preguntaron si nuestro corredor había ganado y le dijimos que sí, pues para nosotros cada maratón finalizado es una victoria. Acto seguido, se pusieron hacerse fotos con él y un vídeo en directo a saber con quién.
En algunas carreras hemos quedado inmortalizados en los vídeos de resumen de la organización, como en los maratones de Lyon o Milán. El animasobrino apareció en uno de los carteles del maratón de Madrid chocando manos. Y también hemos salido en la televisión, en la radio a cuenta del “turismo de maratones” que practicamos, o en el periódico en el último maratón de València.
Famoso sí era, según averiguamos después, uno de los speakers del maratón de Praga, que cuando nuestro corredor llegaba a la meta se acercó, le cogió el móvil con el que nos estaba grabando y nos dejó un bonito recuerdo.

A problemas, ‘soluziones’
Ser un grupo permite ofrecer a nuestros corredores lo que haga falta: fotos, vídeos, geles, ánimos, crema si se agarrota un gemelo o Réflex, como el que sacamos en un maratón de València para el corremarido y a continuación se fueron parando más corredores para pedir una rociada.
Les acompañamos también a las ferias del corredor, más que nada por si nos regalan algo -una vez nos tocó en una ruleta un dorsal para un maratón austríaco-, pero también por si hay que resolver algún problema. Como en la del maratón de Lisboa, donde en el dorsal le pusieron tras el nombre el segundo apellido en lugar del primero. Fuimos a la caseta de “Soluziones” y nos dieron dos: o tacharlo, o poner typex y escribir encima.
En carreras como la media de Elche, a la que vamos desde hace varios años, nuestro corredor aparece en la inscripción como ‘Fernandy’ en lugar de Fernando. Primero pedíamos el cambio, pero ya le hemos cogido cariño a su apodo ilicitano y lo dejamos estar.
La marea roja
Nos hemos convertido en una marea roja, el color de las camisetas, gorras y sudaderas que nos hemos hecho, personalizadas con nuestros nombres y lema: “Yo no corro pero animo”. Ha habido carreras que tras acabar nos han reconocido por «el uniforme» y nos han agradecido los ánimos, y en otras nos han hecho preguntas como si fuéramos de la organización.
Claro que también podríamos ser la marea aulladora, por el escándalo que armamos con nuestras carracas, vuvuzelas, cencerros, silbatos o maracas, que vamos reuniendo con cada maratón. Nos deben recordar todavía en Cascais, donde nos reprocharon que gritáramos en la calle un domingo por la mañana, y la señora inglesa que en Praga nos dijo que nuestro buen rollo era desagradable.
Hubo franceses que se quejaron de nuestra animación en el maratón de Lyon, que sí le gustó a una mujer: la que se puso a bailar a nuestro lado justamente cuando pasaba nuestro corredor. En el vídeo se escuchan los gritos de “señoraaaaaaa quíteseeee”. Aunque para gritos, los que soltó por megafonía el conductor de un metro en el maratón de Munich, que nos dejó alucinados.
También llevamos manetas aplaudidoras, aunque les damos tanto uso que alguna mano ha salido volando en pleno aplauso. Volando se nos fue también una vez un globo rojo que teníamos en la grada del maratón de València y acabó flotando en el lago sobre la meta, hasta que un voluntario lo recuperó del agua y nos lo dio.
Tenemos tantas anécdotas que de momento lo dejamos aquí, pero en otro artículo os seguiremos contando.

